El padre Marcelo Guillén llegó a Guatemala desde su natal Lima, Perú, con una misión clara: servir donde la Iglesia universal lo necesitara. En julio de 2025, asumió el reto de guiar la parroquia Santa Gertrudis en Placetas, Chiquimulilla; un lugar en el que se enfrentan el intenso calor costero y desafíos pastorales. A través de su testimonio, descubrimos el impacto de una formación sólida y el poder de la confianza absoluta en la Providencia Divina.
La génesis de un sí: el llamado de Dios desde la niñez
Su vocación comenzó a cultivarse en la sencillez de su parroquia natal. Desde los 9 hasta los 18 años sirvió como monaguillo. En ese espacio, la figura de su párroco fue un motor fundamental para despertar su inquietud espiritual. El padre Marcelo recuerda con afecto aquellos años: «El párroco de ese entonces siempre nos motivaba para ser sacerdotes. Siempre nos decía lo bueno que es ser sacerdote, lo que se puede hacer y tantas cosas».
Aquel grupo inicial de 12 monaguillos creció hasta convertirse en una comunidad de 30 jóvenes. Con el tiempo,12 de ellos ingresaron al seminario y la mitad llegó a ordenarse. Aunque en su juventud el padre Marcelo estudió ingeniería industrial, los planes de Dios eran distintos. El llamado fue más fuerte e ingresó al seminario Santo Toribio en Lima.
Durante su etapa de formación, también vivió una rica experiencia en el mundo lírico cantando en el Coro Nacional de su país. Años más tarde, este talento se convirtió en un servicio para la Iglesia. En 2018, recibió el encargo de coordinar el coro y la música para la histórica visita del Papa Francisco a Perú.
El servicio diocesano y el despertar de una pasión: la liturgia
El padre Marcelo desempeñó funciones clave en la arquidiócesis que marcaron su visión. Tuvo la oportunidad -inusual para un seminarista- de trabajar como secretario de un obispo auxiliar de Lima. Esta cercanía le permitió colaborar activamente en la Comisión Episcopal de Liturgia.
En esa oficina, trabajó mano a mano con un sacerdote de la Conferencia Episcopal Española en la confección de textos sagrados. «En ese entonces preparamos el Misal de la edición para Perú y algunos otros libros litúrgicos», explica. Esta inmersión en el cuidado y la preparación de las celebraciones despertó en él un amor profundo.
Por eso, cuando su obispo le propuso viajar a Roma para continuar sus estudios superiores y le preguntó: ¿qué quieres estudiar?, la respuesta fue inmediata: “Eso no lo pensaba dos veces: liturgia”.
Roma y el impacto de la formación

La formación sacerdotal no consiste únicamente en acumular conocimientos académicos. Una preparación sólida transforma la vida espiritual del sacerdote. También multiplica sus herramientas para el trabajo pastoral diario. El padre Marcelo tuvo la oportunidad de estudiar Teología Litúrgica en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (PUSC), en Roma, gracias a una beca de la Fundación CARF.
Estudiar en la Ciudad Eterna marca una diferencia en el ministerio. Roma rompe las zonas de confort. Obliga al estudiante a aprender un nuevo idioma y a convivir con realidades eclesiales de todo el mundo.
Como explica el padre Marcelo: «Roma te hace sentir la catolicidad, te hace ver la problemática de distintos países, de distintas diócesis y cómo afrontarla, cuál es la vivencia de cada uno a nivel pastoral».
Además, la experiencia romana forja la humildad. En su propio país, un sacerdote puede ser una figura muy visible. En Roma, se camina como uno más entre cardenales y obispos en el transporte público. «Eres un punto dentro de toda esta grandeza que es Roma». Esta vivencia universal enriquece la visión pastoral.
Gestión con fe y el crecimiento de la comunidad
Aceptar la designación a la parroquia de Santa Gertrudis fue una auténtica prueba de obediencia. Pero la historia empezó cuando el padre Marcelo conoció a monseñor José Cayetano Parra, obispo de Santa Rosa de Lima. Él lo invitó para que viniera a Guatemala, y aunque el padre Marcelo reconoce que no había pensado salir de Perú; cuando estuvo en Roma y vio las necesidades que existían en otros países; se lo planteó a su obispo y él le dio el visto bueno. La providencia divina quiso que ambos prelados coincidieran en el curso de obispos recién ordenados y eso terminó de preparar el camino para que el padre Marcelo se trasladara a Guatemala para ayudar.
Ya en el país, cuando el obispo le pidió que atendiera la parroquia en Placetas, le advirtió que la realidad de la zona era muy complicada y que la mayoría de los habitantes pertenecía a otros grupos religiosos. El prelado incluso anticipó una respuesta negativa. Sin embargo, la respuesta del padre Marcelo sorprendió a su superior: «Para eso me formaron, ¿no?”, -y agregó- “bueno, ¿y cuándo tengo que ir?»
Al llegar a Chiquimulilla, se topó con un panorama desolador y una infraestructura abandonada. La situación contrastaba fuertemente con su experiencia en Lima, donde incluso las iglesias de las zonas más pobres contaban con una casa parroquial digna y equipada con lo necesario para vivir.
En Santa Gertrudis, las condiciones materiales eran paupérrimas, pero el sacerdote fue fiel a un principio: «Es verdad que yo he renunciado a muchas cosas, pero no a mi dignidad». Con esa convicción, llamó inmediatamente a un arquitecto para poner en marcha la remodelación.
El desafío financiero era enorme. Lejos de paralizarse, el padre Marcelo depositó toda la carga económica en manos de Dios: «Bueno, Tú me metiste en esto Señor, Tú me lo arreglas».


La limpieza, la iluminación y el orden de los templos tienen un fin espiritual. El padre Marcelo evoca a San Agustín para explicar esta realidad: el orden y la belleza del mundo visible nos guían de manera natural hacia el Creador.
Gracias a su fe y a la llegada de un benefactor, se renovó el presbiterio, se instalaron confesionarios adecuados, el templo fue pintado, se instaló aire acondicionado y se edificó una casa parroquial con condiciones para descansar y reponer fuerzas para servir mejor.
Este esfuerzo se traduce en un incremento constante de la feligresía. El padre recuerda a los laicos: «Esto es de ustedes. Tienen que aprender a cuidarlo, a valorarlo, porque el padre Marcelo no regresa por segunda vez a arreglar las cosas».


El valor de apoyar una entrega sin reservas
La vida de un sacerdote exige una entrega absoluta y diaria. En regiones con climas que superan los 35 grados, el cansancio físico es una realidad constante. A pesar del agotamiento, la prioridad absoluta sigue siendo el cuidado de las almas.
Al reflexionar sobre su ordenación, el padre Marcelo comparte las palabras de un monje benedictino que marcaron su vida: «El día que tú te ordenas, firmas un cheque en blanco para la iglesia». Esto significa estar plenamente disponible para ir a donde exista una necesidad, sin importar las distancias, el clima o los sacrificios personales.
Detrás de cada sacerdote que transforma una comunidad, hay una historia de generosidad que hizo posible su preparación. Los pastores necesitan herramientas intelectuales y espirituales para sanar los corazones y guiar a los fieles. Como bien expresa el padre Marcelo al agradecer el apoyo recibido para estudiar: «De verdad se necesita tanto, no solo sacerdotes, sino sacerdotes bien formados».














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